Muchos detenían quehaceres, juntaban las manos contra el pecho y gritaban en su nativa lengua creole: “Colombian, mercí” y elevaban los pulgares de sus manos.

 
emi presente en Haití
Crónica de la misión médica que estuvo allí.
La tragedia de Haití es un triste capítulo que nos movió a todos los habitantes del planeta. Consuelo Castañeda, enfermera jefe de emi Colombia, nos relata
desde su experiencia de profesional, madre y mujer, lo que fue formar parte de la misión médica del Grupo emi, que viajó a esta ciudad afectada por el terremoto más fuerte de los últimos cinco años.

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Ya había sido escogida para ir a Haití y aun cuando parecía un sueño imposible, la llamada más excitante de mi vida la recibiría ese 25 de enero a las 18:00 horas, convocándome a estar a las 19:30 en emi para la misión que cambiaría mi vida. 

Un vuelo nos llevaría de Medellín a Bogotá a las 21:30, así que era hora de arreglar maleta. Confieso que la adrenalina fluía en mi interior y no paraba de temblar de emoción mientras torpemente empacaba la maleta sin método, pero sí con muchas ideas agolpadas en mi cabeza, que se sucedían en cascada y sin secuencia lógica. 

Mi familia me traía cosas y todo era un caos. Uno de mis sueños de adolescencia, que había abandonado cuando había sido madre, finalmente se cumplía. Eran las 20:00 cuando llegué a emi. Allí me esperaba la médica Catalina Retrepo con quien partimos hacia Bogotá. Esa noche en la capital, aparte de dormir un poco, nos conectamos con nuestro tercer compañero de la sede de Cali, el médico Diego Duque.

A las 05:00 nos reunimos con el cuarto miembro, la médica Laura Vargas, de la sede de Bogotá, y a las 6:00 ya estábamos en Catam, donde un avión vertical nos llevaría a República Dominicana y luego a Puerto Príncipe, Haití.

El viaje lo compartimos con seis policías muy amables que tenían como misión la ayuda médica a sus similares haitianos. Su presencia fue vital pues su atención y protección resultaron únicas.

La llegada

Desde el aire veíamos a Puerto Príncipe con sus barrios grises y sus montañas con escasos árboles. Esa visión sólo podía compararla con mi natal Medellín, colorida, alegre y de montañas en todos los tonos de verde. Intenté imaginar lo que vendría. Como modo de protección imaginaba las peores escenas de horror y lánguidas personas, tristes y harapientas tiradas en las calles. Me estaba engañando, nada me prepararía para lo que sentiría, no sólo como profesional, sino como madre y mujer.

Ese día llegamos a la base de las Naciones Unidas en Haití, donde los “cruzrojeros” nos recibieron amablemente y nos dijeron que era un día de acople, relajado, de conocimiento general y de cero trabajo. La experiencia nos diría otra cosa.

Nos explicaron que todos los colombianos de la Cruz Roja, Bomberos, Defensa Civil y los que representábamos al Ministerio de la Protección Social, estábamos juntos bajo una sola bandera: la colombiana. Esta delegación se alojaría en tres carpas que los jordanos le habían cedido a Colombia.

Era tiempo de dar un vistazo al lugar, así que camino al hospital donde realizaríamos nuestra labor empezamos a ver claro el panorama: casas destruidas y semidestruidas que habían caído de una forma que desafiaban mi física de bachillerato. Me llamaba la atención que en su gran mayoría no veía varillas en sus vigas y columnas destruidas, tan sólo eran construcciones de adobe sobre adobe.

Mientras caminábamos, y al pasar por algunas edificaciones, empezábamos a sentir el olor a putrefacción que nos recordaba que la muerte estaba allí presente, pero lo curioso era que aun con ello no veíamos lánguidas personas harapientas tiradas en las calles.

Pronto llegamos al Hospital de la Paix donde el paisaje era otro. Los parqueaderos estaban atestados de pacientes con sus familias, acostados sobre sábanas, en colchones o en camas que habían sacado del hospital o traído de sus ya inexistentes casas. Sus cuerpos llevaban vendas o yesos en cualquier parte.

No era raro encontrar personas de todas las edades con muñones en miembros inferiores o superiores, y en el interior del hospital, corredores llenos de gente con sus enfermos, donde las moscas volaban y se posaban por doquier. Esto ya empezaba a ser lo que nos habían hablado de Haití.

Ni tan “relax”

En el recorrido de exploración se nos acercó una médica bogotana, no precisamente para darnos la bienvenida sino a alegrarse que fuéramos su reemplazo inmediato, así que nos dimos a la tarea de recibir a “nuestros enfermos”, por lo que no hubo día de acople ni de “relax”.

Estuvimos por espacio de una semana en el hospital de La Paix, hasta que el personal haitiano del hospital y los cubanos retomaron el control. En los días siguientes estuvimos en comunidades alejadas, donde escasamente había llegado la ayuda humanitaria, y donde nuestras manos pudieron extender el cariño y el compromiso de emi con los más necesitados en compañía de la comunidad religiosa de La Presentación, en su mayoría de monjas antioqueñas.

Ellas muy amablemente nos cedieron un prado a las afueras del convento, donde levantamos carpas y bajo su cobijo no me dejaba de sorprender que hasta en este confín, encontrara a mis compatriotas como “ciudadanas del mundo”. 

La fuerza haitiana

El panorama que yo había imaginado de personas harapientas en las calles haitianas, distaba mucho de la realidad de un pueblo sin igual. Hombres y mujeres se levantaban todos los días, caminaban largos trayectos y sacaban sus ventas a las calles; había niños bañándose

en las aceras o al lado del camino, se encontraban personas con miradas altivas, a veces tristes, pero con una fuerza interior que yo nunca hubiera adivinado si no las hubiera visto.

 

Era impresionante ver cómo algunos se ponían su mejor vestido dominguero para asistir a su culto, y me preguntaba si sufrir era su costumbre o en qué podría radicar esa fuerza.

Claro que no todo era pujanza, sobre todo en los niños que con hambre voraz se tomaban los jarabes de medicamentos o el suero oral que les preparábamos por sus infecciones, y que eran recetados por nuestros médicos.

Otros pequeños lloraban de hambre y dolor mientras sus madres trataban de tranquilizarlos. Al verlos no dejaba de pensar en mi propia hija y lo afortunada que era por no padecer eso. En verdad le daba gracias a Dios por ello. Pero aun en medio de la debilidad de los más pequeños, lo evidente era que Haití, por encima de su desgracia, era un pueblo especial. Veía a hombres y mujeres que cuando sentían dolor derramaban lágrimas, ¡sí!, pero cantaban, alzaban sus manos danzando y elevaban una plegaria a su Dios.

Podía ver las calles, que en grandes tramos eran botaderos de basura al igual que sus quebradas, pero también, y sobre las 17:00 horas, en ellas había un movimiento especial: para los que no alcanzaban a estar en los albergues temporales distribuidos por toda la ciudad, se cerraban algunas calles donde la gente sacaba cobijas o colchones, que les servían de camas para pasar la noche. Allí todo valía.

Supe además que nuestros traductores eran universitarios y profesionales, que caminaban tres y cuatro horas para ayudarnos en nuestra labor médica, y que contrario a lo que pudiéramos pensar, no todos colaboraban a cambio de un auxilio de comida, sino por amor a su pueblo.

“Mercí” Colombia

Vi en las calles con emoción que al pasar nuestro vehículo y saber que éramos colombianos, muchos detenían de sus quehaceres, juntaban las manos contra el pecho y gritaban en su nativa lengua creole: “Colombian, mercí” (colombianos, ¡gracias!) o “Colombian” y elevaban los pulgares de sus manos. Era un gran aliciente, pues por muy cansada que estuviera, no dejaba de sonreír, a sabiendas que estábamos haciendo algo bueno, y de verdad, ellos lo sentían así.

Esa era Haití, una nación cuyo nombre mostraba mucho de lo que sentían, no sólo sus habitantes, sino los que tuvieron la fortuna de extender sus manos. “Ha” significa la, ella, su señora, e “Iti”, mujer o madre, lo que significa que Haití es “La Madre Original”, “La Madre”, “La Mujer” o “El Agua”. Sí, la tierra madre tembló en sus entrañas para que muchos seres, incluyéndome, miráramos hacia allí y cada uno de los que hemos estado, están y estarán, aprendamos algo; lo que sea que cada uno necesite aprender. Pero lo más importante, es que luego de esta experiencia, Haití no podrá seguir siendo la misma; la ayuda ahora no

está enfocada solamente en recoger muertos, curar heridos o dar comida. Se están tejiendo planes y propuestas para que sus habitantes hereden de esta experiencia algo mejor que los ayude a salir de sus décadas de atraso, como un buen sistema sanitario y de salud pública, reforestación o construcción de viviendas.

La experiencia en Haití te desnuda como ser humano y te vuelve a vestir con una humildad dolorosa que trasciende todas las dimensiones de tu vida. Sin nunca haber renegado de Colombia, la valoro más que nunca, al igual que a mi familia y amigos. Si me preguntaran si quisiera volver a ayudar, diría que sí sin dudarlo. Esa es una de las mejores partes de ser colombiano, que somos ciudadanos del mundo y a todos los pueblos los sentimos como hermanos.

Consuelo Enith Castañeda Blandón

Enfermera Jefe – Grupo emi

 

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