1 Nos molesta sobremanera que nos apliquen el “ya te llamo”. Si no están interesados, ¿para qué nos piden el teléfono y, lo que es peor, se comprometen a usarlo? Así nos moleste preferimos la verdad a secas y no una expectativa dramática.
2 No nos gusta que padezcan del complejo de Edipo. Es sana una buena relación con la madre, pero no al punto de transformarse en su pareja.
3 Queremos hombres realistas, no fantasiosos. Que se comprometan con lo que puedan cumplir en vez de adornarnos el panorama con caminos de mermelada que jamás recorreremos.
4 Rechazamos la soberbia y el hombre que narra todo en primera persona. Si no sabe compartir al hablar, qué podemos esperar del resto.
5 Nos gusta que se cuiden físicamente, pero aunque hoy en día esté tan de moda el concepto del “metrosexual”, no nos agrada que se meta a la misma cámara bronceadora de nosotras, que se depile el pecho o que se haga rayitos. Cada cual a lo suyo.
6 Nos choca que les cuenten todo a los amigos. Si bien la amistad es importante, no estamos de acuerdo con que todo su grupo se entere hasta de nuestros más íntimos secretos y menos por boca suya.
7 Optamos por un hombre que nos deje ser. Adiós a los castradores, intimidadores y manipuladores que nos dicen hasta cómo debemos reír.
8 No buscamos hombres con plata sino que la sepan hacer. De nada sirve un burro embilletado ni un talentoso sin ambición.
9 Como dice la letra de una canción de merengue “Quiero un hombre divertido”. Alguien que nos haga la vida agradable lejos de conflictos innecesarios ni dramas sin sentido. Que la risa prime sobre el ceño fruncido.
10 Por más que respetemos que le gusten otras mujeres, nos resulta incómodo salir con un ventilador de tienda, que a la menor oportunidad se la pase girando la cabeza de lado a lado mirando cualquier falda.
11 Abominamos los borrachos. Es agradable la buena rumba, pero es fatal la lidiada de un ‘rascado’.
12 El intermitente nos agrede. Hoy sí, mañana no y después veremos, es una figura que nos descompone.
13 Nos aterran los vagos. Es mejor limpiar sangre que babas.
14 Todos decimos mentiras, pero en un nivel soportable. El extremo de durar años y nunca cogerlo en una verdad es inmisericorde para la psiquis.
15 El hombre amnésico emocionalmente nos resulta doloroso. Así seamos cursis, nos encanta que se acuerden que existimos y nos lo hagan saber.
16 Queremos admirarlos. Por más que exista una igualdad en muchos aspectos, debemos verlos hacia arriba no de tú a tú y mucho menos en dirección descendente.
17 Nos afecta que sean de pinzas. Es decir, que nos obliguen a pensar cada palabra, a premeditar cada movimiento o a actuar en la relación para que no se vaya a molestar. El que está con uno es porque quiere, no porque tiene.
18 Detestamos no ser una prioridad. Es horrible que nos pongan en competencia con sus amigos, su deporte, sus hobbies, su trabajo o incluso su perro. Queremos ser importantes en su vida.
19 Nos espanta el hombre camaleónico, ciclotímico y voluble. El que dependiendo de la fase de la luna o de la velocidad del aire, cambia radicalmente de genio sin argumentar motivos.
20 Nos aterra que no nos quiera. Finalmente, sólo buscamos alguien que nos ame.
La lista de nuestras críticas y requerimientos podría ser eterna. Cada cual tiene sus prioridades. De hecho, si ellos hicieran su lista quizá nunca acabarían. La verdad absoluta nadie la tiene. Lo cierto es que para compartir hay que enamorarse de los defectos antes que de las virtudes, porque todos las tenemos. Pero son esas fallas justamente las que debemos evaluar a la hora de elegir.